Conóceme

¡Hola!

     Nací en Guadalajara, siendo la mayor de cinco hermanos.

     Durante mi adolescencia introvertida, fui llevada al coro parroquial por mi mamá, quien vio ahí una oportunidad para que saliera del pequeño círculo donde me había encerrado. A unos meses de mi ingreso asistí a un retiro de Evangelización (Renovación Carismática) y fue donde me di cuenta de que tenía una misión importante que cumplir. Comencé a participar más activamente en la parroquia, integrándome al equipo de liturgia y dirigiendo coros juveniles e infantiles.

     Tiempo más tarde, me integré al movimiento de SINE, participando en el ministerio de música HALLEL.

     Comencé a componer y participar en varios festivales musicales, en uno de los cuales conocí a Sergio Negrete, a quien he acompañado por varios lugares de la República Mexicana como corista en conciertos de evangelización. En este tiempo cursaba la universidad, etapa que marcó mi ministerio como evangelizadora, más que como cantante, debido al “secularismo” del ambiente en que me movía. Entonces comencé a componer música que Dios ponía en mi corazón para reforzar la convicción de que Dios no es algo externo, sino parte de mi vida; y ya era imperativo darlo a conocer a las personas que, como yo, se sentían rechazadas en la sociedad común.

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     De ahí surgió mi primer producción como solista: “Estás aquí”, con géneros variados, como rock, pop y algo de reggae, en la cual trata temas de fe, dirigida especialmente a jóvenes que van iniciando en el camino de LA VERDAD y se encuentran con obstáculos en el ambiente que les rodea.

     Durante algunos años seguí colaborando en la evangelización a través de la música en el grupo de alabanza y adoración IXOYE, mientras recibía formación espiritual y bíblica, y apoyando en cursos de evangelización y para evangelizadores, tanto en la música como en la predicación.

     En el año 2005 contraje matrimonio con Juan Carlos Montaño, y hasta la actualidad participamos juntos en actividades de evangelización y pláticas pre-matrimoniales en la Parroquia de Nuestra Señora del Refugio, en el Batán (Zapopan, Jalisco).

     En la actualidad, formo parte de la Pastoral de Músicos Evangelizadores de Guadalajara y trabajo en la Escuela de Evangelización San Andrés. Colaboro también en algunos proyectos diocesanos, como la producción musical del “Proceso diocesano de catequesis infantil”, y en un programa de radio musical católico llamado “Sí sostenido”.

     Agradecida por las oportunidades que Dios me presenta cada día, sigo luchando por hacer, tanto de mi vida como de mi ministerio, una constante oración de alabanza a Dios.

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¡Hola!

     Nací en Guadalajara, siendo la mayor de cinco hermanos.

     Durante mi adolescencia introvertida, fui llevada al coro parroquial por mi mamá, quien vio ahí una oportunidad para que saliera del pequeño círculo donde me había encerrado. A unos meses de mi ingreso asistí a un retiro de Evangelización (Renovación Carismática) y fue donde me di cuenta de que tenía una misión importante que cumplir. Comencé a participar más activamente en la parroquia, integrándome al equipo de liturgia y dirigiendo coros juveniles e infantiles.

     Tiempo más tarde, me integré al movimiento de SINE, participando en el ministerio de música HALLEL.

     Comencé a componer y participar en varios festivales musicales, en uno de los cuales conocí a Sergio Negrete, a quien he acompañado por varios lugares de la República Mexicana como corista en conciertos de evangelización. En este tiempo cursaba la universidad, etapa que marcó mi ministerio como evangelizadora, más que como cantante, debido al “secularismo” del ambiente en que me movía. Entonces comencé a componer música que Dios ponía en mi corazón para reforzar la convicción de que Dios no es algo externo, sino parte de mi vida; y ya era imperativo darlo a conocer a las personas que, como yo, se sentían rechazadas en la sociedad común.

     De ahí surgió mi primer producción como solista: “Estás aquí”, con géneros variados, como rock, pop y algo de reggae, en la cual trata temas de fe, dirigida especialmente a jóvenes que van iniciando en el camino de LA VERDAD y se encuentran con obstáculos en el ambiente que les rodea.

     Durante algunos años seguí colaborando en la evangelización a través de la música en el grupo de alabanza y adoración IXOYE, mientras recibía formación espiritual y bíblica, y apoyando en cursos de evangelización y para evangelizadores, tanto en la música como en la predicación.

     En el año 2005 contraje matrimonio con Juan Carlos Montaño, y hasta la actualidad participamos juntos en actividades de evangelización y pláticas pre-matrimoniales en la Parroquia de Nuestra Señora del Refugio, en el Batán (Zapopan, Jalisco).

     En la actualidad, formo parte de la Pastoral de Músicos Evangelizadores de Guadalajara y trabajo en la Escuela de Evangelización San Andrés. Colaboro también en algunos proyectos diocesanos, como la producción musical del “Proceso diocesano de catequesis infantil”, y en un programa de radio musical católico llamado “Sí sostenido”.

     Agradecida por las oportunidades que Dios me presenta cada día, sigo luchando por hacer, tanto de mi vida como de mi ministerio, una constante oración de alabanza a Dios.

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Mi historia de amor con Jesús...

“No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre.
Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán.
Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en tí.
Porque soy YHWH tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador”:

Is. 43, 1-3.

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     Desde que era pequeña mis padres me inculcaron “cumplir” con lo que la religión decía, pero mi corazón estaba en “otra órbita”. Recibí los sacramentos quizás por que así era la costumbre, creía en Dios, pero a mi manera, como alguien lejano y que estaba ahí para cuando alguien le llamara, nada más.

     En mi adolescencia, de repente comencé a sentirme muy rechazada, me di cuenta de que no entablaba amistad fácilmente con cualquier persona, por lo que me hice muy reservada. Cuando llegaba de la escuela, me encerraba en casa a hacer tareas y en todo el día no salía. Toda esta soledad y amargura que sentía, me hacían ser muy agresiva con mis hermanos.

     En este tiempo, mi madrina de Primera Comunión, estaba buscando su lugar como apostol, probó en varios grupos, entre ellos el coro de la parroquia, donde mi mamá vio una oportunidad para sacarme del pequeño círculo en el que me había metido. Siempre, desde niña, me ha gustado cantar, así que acepté acompañar a mi madrina al coro, en el cual me integré. Estaba ahí por que encontré personas que me aceptaban. Yo era la menor en el grupo, así que me mandaban a las juntas de liturgia y reuniones (no me quedaba otra opción), de forma que empecé a conocer a más personas y me empecé a interesar por este tipo de cosas, pero aún no me había encontrado con Esa Persona para quien yo trabajaba.

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     Fue dos años después cuando tuve la oportunidad de participar en un retiro de evangelización, donde al fin conocí a ese Dios, lleno de amor que no se fijaba en mi pequeñez, sino veía en mí a una persona completa, que sabe cuánto valgo y me hace sentirlo. Entonces me pude sentir viva, y empecé a tomarle sabor a todo lo que hacía. Me invitaron al movimiento de SINE en mi parroquia, y me integré al ministerio de música. Seguí caminando con más fuerzas y con más ánimo, pero llegó un tiempo, durante mis estudios en la universidad, en que sentía una aridez espiritual debido al “secularismo” del ambiente en que me movía. Hubo un tiempo en que le decía a Dios: “Señor, ¿no será que yo sólo estoy aquí de arrimada como aquella mujer que ansiaba comer las migajas que caían de la mesa?” (cfr. Mc. 7, 24-30), y quise apartarme… pero “había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jer. 20, 9), me di cuenta que, aunque yo sea infiel, DIOS SIEMPRE ES FIEL.

     A partir de ahí, día con día mi Señor me ha mostrado su grandeza y su entrega por mí, me ha mostrado su fidelidad en cada paso de mi vida. A veces es difícil comprender la voluntad de Dios, sobre todo por que en la sociedad en que vivo, parece que voy contra la corriente, no hago lo que la mayoría de los chicos y chicas de mi edad hace, pero me considero una persona feliz, tengo todo lo que necesito para estar bien y estoy segura de que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien… (Rom. 8,28)” . Hasta ahora he pasado por muchas experiencias buenas y malas en el camino, pero ha habido una constante: Siempre veo la mano de Dios en mi vida.

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     Desde que era pequeña mis padres me inculcaron “cumplir” con lo que la religión decía, pero mi corazón estaba en “otra órbita”. Recibí los sacramentos quizás por que así era la costumbre, creía en Dios, pero a mi manera, como alguien lejano y que estaba ahí para cuando alguien le llamara, nada más.

     En mi adolescencia, de repente comencé a sentirme muy rechazada, me di cuenta de que no entablaba amistad fácilmente con cualquier persona, por lo que me hice muy reservada. Cuando llegaba de la escuela, me encerraba en casa a hacer tareas y en todo el día no salía. Toda esta soledad y amargura que sentía, me hacían ser muy agresiva con mis hermanos.

     En este tiempo, mi madrina de Primera Comunión, estaba buscando su lugar como apostol, probó en varios grupos, entre ellos el coro de la parroquia, donde mi mamá vio una oportunidad para sacarme del pequeño círculo en el que me había metido. Siempre, desde niña, me ha gustado cantar, así que acepté acompañar a mi madrina al coro, en el cual me integré. Estaba ahí por que encontré personas que me aceptaban. Yo era la menor en el grupo, así que me mandaban a las juntas de liturgia y reuniones (no me quedaba otra opción), de forma que empecé a conocer a más personas y me empecé a interesar por este tipo de cosas, pero aún no me había encontrado con Esa Persona para quien yo trabajaba.

     Fue dos años después cuando tuve la oportunidad de participar en un retiro de evangelización, donde al fin conocí a ese Dios, lleno de amor que no se fijaba en mi pequeñez, sino veía en mí a una persona completa, que sabe cuánto valgo y me hace sentirlo. Entonces me pude sentir viva, y empecé a tomarle sabor a todo lo que hacía. Me invitaron al movimiento de SINE en mi parroquia, y me integré al ministerio de música. Seguí caminando con más fuerzas y con más ánimo, pero llegó un tiempo, durante mis estudios en la universidad, en que sentía una aridez espiritual debido al “secularismo” del ambiente en que me movía. Hubo un tiempo en que le decía a Dios: “Señor, ¿no será que yo sólo estoy aquí de arrimada como aquella mujer que ansiaba comer las migajas que caían de la mesa?” (cfr. Mc. 7, 24-30), y quise apartarme… pero “había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jer. 20, 9), me di cuenta que, aunque yo sea infiel, DIOS SIEMPRE ES FIEL.

     A partir de ahí, día con día mi Señor me ha mostrado su grandeza y su entrega por mí, me ha mostrado su fidelidad en cada paso de mi vida. A veces es difícil comprender la voluntad de Dios, sobre todo por que en la sociedad en que vivo, parece que voy contra la corriente, no hago lo que la mayoría de los chicos y chicas de mi edad hace, pero me considero una persona feliz, tengo todo lo que necesito para estar bien y estoy segura de que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien… (Rom. 8,28)” . Hasta ahora he pasado por muchas experiencias buenas y malas en el camino, pero ha habido una constante: Siempre veo la mano de Dios en mi vida.

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